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Reflexiones sobre la catarsis/Por Claudio García

Reflexiones sobre la catarsis/Por Claudio García

Hace 2300 años Aristóteles escribió “Poética”, un texto fundante del análisis estético, de la crítica literaria, fundamentalmente teatral. Allí aparece una palabra que ha sido muy fructífera en esto de polemizar y teorizar, la catarsis, que se ha traducido como ‘purificación’. Aristóteles destaca y estudia en su libro a la tragedia como género literario, lo considera superior a la épica, y en el Capítulo 6 escribe que: “La tragedia es pues la imitación de una acción de carácter elevado y completa, dotada de cierta extensión, en un lenguaje agradable, llena de bellezas de una especie particular según sus diversas partes, imitación que ha sido hecha o lo es por personajes en acción y no por medio de una narración, la cual, moviendo a compasión y temor, obra en el espectador la purificación (catarsis) propia de estos estados emotivos”. Para muchos entonces la catarsis es literalmente “eso” que experimentan los espectadores a fin de aliviar su ánimo o, como dijo algún otro autor, “los reveses del alma”.

Sabemos que Freud utilizó el término catarsis en sus investigaciones psicoanalíticas como “descarga”.

En el plano literario al que se refería Aristóteles muchos, creo que equivocadamente, dijeron que la catarsis significaba “válvula de escape”. El escritor y profesor en filosofía José Fernández Vega mencionaba que Bertold Bretch oponía su teatro épico al trágico que destacaba Aristóteles porque consideraba precisamente que la catarsis tenía un fin narcotizante, es decir, no había que purgar a la gente de sentimientos contra una realidad injusta, sino despertarlos. Para Bretch la catarsis era, en fin, una “ilusión balsámica”, como señala Vega.

Algo de esto toma Theodor Adorno para decir que la catarsis de Aristóteles anticipa la alienación que produce la industria cultural. O sea que la catarsis es dañina para la experiencia estética. Como dice Vega, hoy sostendría Adorno que la televisión y las películas comerciales –y agregaría yo las redes sociales- “son las grandes fuentes de catarsis en la sociedad actual”.

Alguna vez leí que la Argentina necesitaría de una cultura fuerte que le permita precisamente hacer catarsis de la violencia, para no llevarla a la práctica. Porque pareciera que no nos contentamos con ‘presenciar’ la violencia o el terror, sino que queremos vivirlo en carne propia. De allí que la violencia es uno de los característicos hilos conductores de nuestra historia. Este tema de la catarsis también se ha colado respecto a los juegos virtuales o digitales que practican niños y adultos en sus PC o IPOD y que son sumamente violentos. ¿El efecto es beneficioso o malo? ¿Se hace catarsis y entonces el que practica esos juegos no desarrolla sus impulsos violentos? O al revés: ¿se vuelven más violentos, se incentiva la violencia?

Volviendo a Aristóteles, quizás su ‘purificación’, su catarsis, generó un análisis desproporcionado. Si se quiere que una obra tenga valor, es clave que impacte de alguna manera, que tenga un efecto en el receptor, en la sensibilidad del receptor. La compasión, el odio, la alegría –aunque Aristóteles teorizó sobre la tragedia, no sobre la comedia- y otros sentimientos que generan determinadas situaciones de los personajes de una historia resultan en el espectador “la purificación propia de estos estados emotivos”. Eso nada más quiso decir Aristóteles, no es que propugnaba un teatro ‘narcotizante’. Aunque existan manifestaciones del arte que sí quieran narcotizar, llevar al espectador a un estado de conformismo y no de praxis. Es verdad que la cultura de masas en el siglo XX abrió la puerta a industrias que quieren estupidizar, sin que por eso sea adecuado decir que estemos usando ‘estupidizar’ como sinónimo de catarsis.

Creo que en algún sentido no podríamos vivir sin catarsis. Que la literatura en sí es un gran vehículo para generar la catarsis que permita una buena salud mental, mucho más que un psicólogo o un rivotril. Nuestra cabeza explotaría literalmente si se acumulan y acumulan imágenes, noticias, sentimientos, sin ninguna descarga, sin ninguna catarsis. A la vez, si no hay una catarsis o purga de sentimientos y pensamientos, sería imposible lograr el disparador que nos lleve a la praxis, a las acciones que nos permitan cambiar situaciones de la realidad injustas o, más allá de proyectos colectivos, encarar nuestro propio desarrollo personal. La catarsis podría ser el camino a ‘la síntesis’ de la estructura dialéctica, algo que en cierta medida abordó Gramnsci.

Las fuerzas exteriores nos pueden convertir en una persona pasiva, narcotizada, pero el hombre tiene en sus manos la posibilidad de que en algún momento alguien o algo nos genere un proceso catártico en donde tomemos conciencia de nuestras cadenas y allí entonces se da un punto de partida para la praxis, para el cambio, el paso de la objetivo a lo subjetivo. 

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