Se presentó en Viedma “Todo lo que debemos decidirâ€, de Mónica de Torres Curth
La obra es parte de las primeras publicaciones de la colección La Tejedora de la Editorial de la Universidad Nacional de RÃo Negro (UNRN).
La obra es parte de las primeras publicaciones de la colección La Tejedora de la Editorial de la Universidad Nacional de RÃo Negro (UNRN). La actividad se desarrolló el pasado viernes en Bucanero Bar. Junto con el libro de cuentos “Todo lo que debemos decidir†de la barilochense Mónica de Torres Curth, también se presentó «Puelches», de Silvia Castro (General Roca); «La ruta de Ãcaro», de Carina Nosenzo (General Roca) y «El silencio es un punto de partida», de Damián Lagos Fernandoy (Viedma), en poesÃa, asà como «El banquete de los monstruos», de Fabiola Soria (General Roca) y «Al sur del rÃo sin tiempo», de Walter Nievas (General Roca) en cuentos.
Distintos escritores y académicos de la comarca comentaron los libros, como Alberto Fritz, Liliana Campazzo, Claudio GarcÃa, Pablo Tolosa, Cintia Úbeda y Guzmán Conejeros. Las lecturas estuvieron a cargo de Gustavo Roumec.
Los libros están disponibles para descarga libre y lectura en lÃnea en el sitio web de la editorial.
Reproducimos uno de los cuentos de “Todo lo que debemos decidirâ€, asà como el comentario del libro de Claudio GarcÃa.
Cuento: La pasta de mamá
Ya era la hora de comer. TenÃa esa sensación de vacÃo en el estómago que se mezclaba con el malhumor. Abrió la heladera. Nada. Puso la mano arriba de la salamandra mientras miraba por la ventana. La lluvia no habÃa parado por dÃas. HabÃa poca gente en la calle, quizás nevarÃa esa noche. Con los ojos entrecerrados salió, apretándose el saco en el pecho. El patio estaba lleno de barro. Juntó cuatro o cinco palos, la leña estaba toda mojada. Además estaba verde. La puso debajo de la salamandra para que se seque.
TodavÃa era temprano, pero la tarde estaba tan opaca que parecÃa que ya llegaba la noche. El calor de la estufa la reconfortó un poco. Miró a los chicos, que veÃan tele tranquilos. Se puso una campera raÃda. «Ya vengo, no le abran a nadie», dijo, y salió a la calle. Cuando ya llegaba a la esquina vio a una mujer con dos pibes empapados que abrÃa las bolsas de basura. La mujer ni la miró. Los chicos sÃ. Cruzó la calle antes de acercarse mucho, metió las manos en los bolsillos y apretó fuerte los billetes. Cuarenta pesos. No quedaba lejos el supermercado, pero llovÃa mucho. Primero caminaba apurada con los hombros pegados al cuello, pero cuando el agua empezó a colarse por todos lados se resignó, aflojó los hombros y empezó a caminar más despacio. TenÃa frÃo.
Entró en el supermercado y buscó un carro. Una de las ruedas de adelante funcionaba mal. Empujaba en la dirección que ella querÃa pero el carro se resistÃa. Luchó por un par de pasillos hasta que lo abandonó. Total, no era mucho lo que iba a llevar. Se paró delante de la góndola de los fideos. Fideos cinta ancha al huevo Don Vicente, veintiocho con noventa y nueve. Se acordó de aquellas veces que iban a cenar con Marcelo y ella pedÃa fideos cinta ancha al huevo con crema de puerros. Por un momento saboreó la suavidad de la crema en su boca, la delicadeza del vino. A ella le gustaba el vino dulce. Recordó que se reÃan cuando ella le decÃa que querÃa que el paladar le llegara hasta el estómago para no dejar de sentir el sabor de ese vino. Se querÃan. Se quisieron. Se acordaba del lugar, de la luz tibia, los olores mezclados de las velas y las comidas, el murmullo fuerte de tanta gente. Qué bien estaban. «Con qué harán esta crema», preguntaba él y ella paladeaba los fideos cinta ancha al huevo. ReconocÃa crema de leche, un buen queso, «maicena, debe tener maicena porque la harina es más áspera y acá ni se siente. Los puerros deben estar fritos en manteca». Era experta en sabores.
Veintiocho con noventa y nueve, le quedarÃan solo once pesos. No. Es mucho. Oferta del dÃa fideos tallarines Kiwi semolados por trescientos cincuenta gramos, doce con treinta y cinco. Kiwi, qué nombre ridÃculo para un fideo. Además, cada vez hacen más chicos los paquetes. Se acordó de que hacÃa un montón que no compraba fruta. Manzanas crocantes. Esa era la sensación que más le gustaba de morder una manzana. Ese ruido de la fuerza de los dientes rompiendo la pulpa y el juguito bajando a la boca, la saliva que le salÃa a borbotones. ¡Cuando comÃan ensalada de frutas! Nada que no fuera fruta fresca. El jugo de las naranjas como base y, junto con ella y Marcelo, los chicos cortando las manzanas y peras en cubitos, las bananas en rodajas. A veces compraban cerezas a una vecina que tenÃa un par de frutales viejos en el patio y los chicos traÃan frutillas silvestres del bosquecito de al lado del barrio. Era lindo el barrio. Siempre llegaban a la ensalada la mitad de las frutillas y las cerezas, y aparecÃan en los bolsillos los carozos escondidos. Se reÃan mucho. Era lindo el recuerdo. Se reÃan.
Fideos tallarines Kiwi semolados por trescientos cincuenta gramos, doce con treinta y cinco. Trescientos cincuenta gramos. Si querÃa que le quede algo para mañana tendrÃa que llevar dos. Doce con treinta y cinco, veinticuatro con setenta. QuedarÃan quince con treinta. Se imaginó la pasta dentro del agua hirviendo, transformándose en un mazacote asqueroso. Se imaginó los ojos de los chicos. Ella siempre habÃa cocinado bien. Por eso engordaron los dos cuando se fueron a vivir juntos. Después del amor, el placer más ex-quisito era cocinar juntos, inventar sabores. La intensidad del queso picante con la resistencia carnosa del tomatito cherri, una pizca de pimienta, unas hojas de albahaca cortadas con los dedos, un toque de aceite y sal. Una carne dorada y jugosa, unas papas a la crema. Un buen vino. No necesitaban más.
Tallarines Luccetti, la pasta de mamá, veintidós con cuarenta. Pensó en los chicos. Pensó en todo lo que la querÃan aunque les diera fideos Kiwi, aunque lloviera e hiciera frÃo. Se acordó de cuando nació Pedro. Lloraban los tres. Marcelo repetÃa su nombre y sonreÃa con la cara toda mojada por las lágrimas, le besaba la frente y acariciaba sus manos. Cuando el médico le puso al bebé sobre el pecho olió ese pelo negro cubierto por una grasita blanca y el olor del hijo se le pegó en el alma. TodavÃa hoy, nueve años después, podÃa cerrar los ojos y el olorcito le llegaba desde el rincón donde estaba escon-dido hasta la punta de la nariz. Después llegaron los otros, seguiditos. Cuando nacieron las mellizas ya estaban mal de plata y por eso estaban mal entre ellos, pensó. Siempre le echó la culpa a la plata.
Cuando Marcelo perdió el trabajo, las mellizas todavÃa usaban pañales. ReconocÃa que habÃa buscado, de cualquier cosa. Pero nada. Con los chicos todavÃa chiquitos ella no podÃa trabajar. Tuvieron que dejar la casa porque el alquiler era mucho. Antes podÃan pagar bien y vivir bien.
Regalaron el perro. Marcelo hizo una casilla atrás, en el patio de la casa de su madre. Era chica para todos. Ella le hizo unas cortinas lindas para la ventana, con una tela de flores. Cuando ampliaran e hicieran la pieza iba a ser más fácil vivir ahÃ. La mesita, la heladera y una cama para todos. No entraba más nada. Pusieron un banco largo contra la pared del sur y la tele sobre la heladera, justo enfrente. Asà los chicos se quedaban tranquilos por un rato. En verano era lindo el barrio, habÃa muchos chicos, jugaban a la pelota, corrÃan. Pero ahora que llovÃa tanto, que habÃa tanto barro, que hacÃa tanto frÃo, pensaba si hicieron bien en irse a vivir ahÃ. Capaz debieron irse a su pueblo, pero era muy lejos.
Marcelo no pudo terminar la casilla antes de irse. Quedaron co¬sas por hacer, por ejemplo sellar bien las ventanas. Ahora estaba sola con los chicos. El frÃo se colaba por las rendijas, habÃa humedad, la salamandra humeaba con la leña verde y mojada, pero los salvaba. La cortinita se habÃa llenado de hollÃn.
Apretaba en la mano el bollito hecho con los billetes y tenÃa ganas de llorar. MordÃa fuerte el odio. Odiaba a Marcelo que se olvidó de las cosas que dijo, que se olvidó de ellos. Odiaba no conseguir trabajo. Odiaba la lluvia, el frÃo, la casilla, el hollÃn en la cortina. Pensó en la mujer que revolvÃa la basura. Quizás fuera más feliz. Porque estas cosas que tenÃa en la cabeza, esos olores en su nariz, esas sensaciones pegadas en su paladar, la tibieza de esos recuerdos de cuando estaban bien, le hacÃan conocer la diferencia. Pensó en esos pibes mojados que esperaban la comida que la madre les buscaba en la basura. Pensó en sus hijos, en la bola de fideos Kiwi pegoteados en la olla y también en cuál era la diferencia. Solas las dos, con los chicos esperando en silencio. Y el frÃo, ese frÃo de mierda que dura tanto, y la lluvia.43
Alguien la tocó con un carro y se sobresaltó. Se dio cuenta de que estaba llorando. Miró el carro lleno de cosas de la mujer que la habÃa rozado. La mujer se disculpó. No le salÃa decirle nada. Dudó un momento, «no sé cuáles fideos elegir», le dijo. La mujer sacó de la góndola un paquete cualquiera, «estos son buenos», le aseguró. Ella no contestó. Cargó en sus brazos todos los paquetes que pudo. Caminó hacia la entrada. Pasó sin mirar a nadie. Una chicharra empezó a sonar. Un guardia de seguridad le gritó y ella empezó a correr. Corrió bajo la lluvia apretando los paquetes de fideos contra el pecho. Cuando llegó a la esquina la mujer todavÃa estaba ahÃ, entre la basura. Le dio todos los paquetes menos uno. Corrió hasta la entrada de la casa. Golpeó la puerta. Fue Pedro quien le abrió.
Comentario del libro/Claudio GarcÃa
Mónica de Torres Curth es de Bariloche y ya no sorprende que de esa ciudad y de la Zona Andina salgan tantas escritoras que de hecho no se pueden obviar a la hora de hablar de literatura patagónica, como Luisa Peluffo, Laura Calvo y Graciela Cros, y de una generación más cercana, por nombrar a una, Cecilia Fresco de Villa La Angostura.
Elegà este cuento “La pasta de mamá†porque es uno de los que más me gusta y representativo del libro. De hecho se puede decir que hay una unidad, otro relato de los doce que componen el libro también serÃa representativo del todo. Encuentro al libro emparentado en principio con ese tipo de literatura patagónica que simbólicamente se suele definir como identitaria o caracterÃstica de esta región, aquella que como escribió Luciana Mellado en un ensayo tiene “marcas explÃcitas y ostensibles de un ambiente regionalâ€, lo que ella denominaba “semiósfera regionalâ€. En la lectura de los cuentos se puede entonces identificar que la trama se desarrolla indudablemente en la Patagonia, en este caso en el área rural, periurbana y urbana también de Bariloche, de la cordillera.
Y con este marco, la unidad está dada por un elemento natural, el clima riguroso, el frÃo, el frÃo y la nieve o el frÃo y la lluvia, asà como Vivian Polli una vez escribió que en gran parte de la producción literaria de la región está muy presente el viento y la asociación del viento como maldición, aquà en forma equivalente el frÃo, el clima invernal de la cordillera, asociado como maldición. Las historias no suelen transitar en el verano cordillerano o en una primavera benigna. En algunos cuentos esto es central, en otros en menor medida, pero también están. En “La pasta de mamá†por ejemplo se menciona la salamandra y la leña mojada, el calor de la estufa que adentro reconforta un poco pero la lluvia frÃa afuera que hay que recorrer para ir a un supermercado, el frÃo colándose por las hendijas, en fin, está siempre presente ese elemento natural que condiciona a los personajes. En otros relatos, el peso es mayor, como en el primero, “La nevadaâ€, donde allà la nieva será implacable con el personaje, o en “Tres cosasâ€, donde un pibe de la calle sufre precisamente el desamparo ante un contexto de frÃo.
El clima riguroso entonces es escenario de gran parte de los cuentos, y la segunda caracterÃstica que quisiera marcar es la gran carga social de los relatos, en el sentido de realidades adversas, vidas nada cómodas donde prima la carencia, el abandono, alejadas de toda dicha y gozo. Salvo algunos trazos de una tibia nostalgia y del pibe de la calle que de pronto se siente hombre al sentir por primera vez el ahogo de una mujer, en estos cuentos en general no hay tramas ni finales felices.
Muchas veces al hablar de Bariloche o de gran parte de la cordillera necesariamente se marca la realidad de esas dos caras, sociales, unos beneficiados por la principal actividad de esa región, el turismo, y otros en la pobreza, marginados, donde a pesar de las prédicas liberales o neoliberales, el derrame no les llega nunca o llega en migajas. Por eso cuando leà el libro me acordé de un poema que resume poéticamente esto de las dos realidades. Es un poema de Luis Alberto Quesada, argentino de nacimiento pero pasó toda su vida en España, peleó en el bando republicano en la guerra civil, estuvo en la resistencia francesa contra los nazis, en la segunda guerra, vuelve a España y sufrÃó la cárcel del fraquismo durante casi 30 años y murió no hace mucho en el 2015. En su libro “El hombre colectivoâ€, Quesada tiene un poema que, entre otros versos, dice:
“Mi patria tiene dos caras,
como la luna.
La del turismo, resplandeciente;
la de mi pueblo a oscuras.
Dos caras en las monedas
y moneditas:
una cara, la fea;
la otra, bonita.
La cara sin el sol,
no se ve nunca.
Es la cara del foso,
de la penumbra.
Mi patria, como la luna,
tiene dos caras:
una la verdadera;
otra, la falsaâ€.
Los cuentos de Mónica se sitúan en esa otra cara, no la resplandeciente, no la bonita, los personajes de las historias son parte de un pueblo a oscuras.
En el comentario-epÃlogo del libro de Rodrigo Guzmán Conejeros se dice: “Los personajes de estos cuentos se definen en la encrucijada de sus decisiones, asumiendo siempre las consecuencias de sus actos en los duros espacios patagónicos que habitanâ€. AcotarÃa que sin minimizar la contradicción entre el ejercicio de la libertad y las propias decisiones de los personajes, por un lado, y los mandatos de todo tipo, las realidades en las que se mueven, por el otro, creo que tanto lo riguroso del contexto climático y geográfico, como del ser social de los personajes los condicionan, definen los relatos; hay ejercicio de la acción, pero las circunstancias y el contexto se imponen.
Con esta impresión personal pensé mucho en el tÃtulo que eligió Mónica para este conjunto de relatos: “Todo lo que debemos decidirâ€. En casi todos los cuentos se construye una trama donde los personajes tienen que decidir, como huir de la nevada, hacerse un aborto riesgoso, torcer la medida del cierre de una escuela por escasa matrÃcula, una madre tratando de hacerse de una comida con unos pocos pesos para enfrentar el hambre de los hijos y cruzando a otra que busca lo mismo en la basura; un padre que perdió todo por el vicio del alcohol y que decide salir a lo arriesgado de un oficio que no conoce, la cacerÃa de pumas, también para llevar alimento a los hijos; un niño que acompaña la agonÃa de su madre… Hay decisiones pero en un espacio y carga social adversa que apenas les permitirá seguir sobreviviendo, nunca decisiones libres donde el sujeto constituya identidad o una transformación en que una vida construya otra más plena. De allà quizás que las historias se cierran con una contundencia que dejan al lector sin aire, implacables como suele ser el frÃo en la cordillera o como suele aparecer la muerte en aquellas personas que en sus vidas no la pasan bien. Para no revelar mucho de las historias, mencionar solamente, ese final del último cuento del libro donde una maestra prefiere inmolarse con su escuela, a dejar que se cierre por la decisión burocrática de un funcionario lejano.

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