Desesperación y otros relatos/Por Claudio GarcÃa
En un programa de televisión el escritor Carlos Gorostiza contó la anécdota que en la década del '30 compró el libro Mein Kapfh de Hitler.
En un programa de televisión el escritor Carlos Gorostiza contó la anécdota que en la década del '30 compró el libro Mein Kapfh de Hitler. No por alguna afinidad ideológica, sino para interiorizarse bien de lo que era el nazismo y lo que estaba pasando en Europa. Contó que se trataba de esos libros de hojas gruesas, de pasta, con el lomo del libro ancho y pegado con una espesa cola. Al abrir al azar el libro se encontró que de las hojas pegadas sobre el lomo salÃa un pequeño gusano. Todauna alegorÃa del contenido del libro y de su autor.
Yo tuve también con algunos libros algunas experiencias azarosamente simbólicas. Especialmente con uno de Sthepen King. A mà me gustaba el género de terror y el autor norteamericano era uno de mis favoritos. En su momento habÃa tenido prejuicios infantiles con escritores 'best seller' como King. Que por el hecho de vender millones de libros, la calidad literaria era inferior. Sin embargo, un amigo con el que tenÃamos compatibilidades literarias me pasó un libro del norteamericano:"Cementerio de Animales". Esa noche lo empecé a leer casi con desgano, pero lo encaré igual porque me parecÃa un mal gesto no leer un libro recomendado por un amigo. El libro, a pesar de los prejuicios, me atrapó, y prácticamente no pude dejar de leerlo hasta llegar al final. Incluso luego tuve pesadillas con ese libro y me desperté sobresaltado y totalmente transpirado. A pesar de las opiniones disÃmiles sobre Sthepen King, me pareció un escritor genial, imaginativo y que sabÃa atrapar con sus historias que, por otra parte, estaban bien escritas. De allà en más me convertà en un fanático del autor y aunque algunos libros tienen, a mi juicio, menos valor que otros, todos atrapan. Además no sólo se trata de libros de terror, tiene otros que rayan la ciencia-ficción, el drama o son más complejos que una simple historia vinculada con lo sobrenatural.
De los libros que compré de King, hay uno con el que me pasó algo curioso, que se emparenta con la experiencia del relato de Gorostiza. Se trata de uno de los más 'sangrientos' si se quiere: "Desesperación". Dio la casualidad que al leerlo porprimera vez, al dar vuelta las páginas, el borde de las hojas me cortaba, como una gillette, la yema del dedo anular. No pasó una vez, pasó varias, aunque no me explicaba por qué cometÃa tal torpeza ya que ponÃa atención en dar vuelta las páginas con cuidado. En un momento percibà una extraña correspondencia: que la sangre del dedo anular dejaba pequeñas gotas de sangre en las hojas de un libro que, precisamente, tenÃa varios asesinatos y otros hechos de sangre. La casualidad se repitió; en otras oportunidades que releà el libro pasaba lo mismo: el borde de las hojas producÃan cortes en la yema del dedo y nuevas gotas de sangre se sumaban a las que ya permanecÃan indelebles en el libro. Lo raro es que no me pasaba lo mismo con otros libros de King, y en realidad muy pocas veces me ocurrió que con un libro nuevo. Yo soy muy escéptico, pero otra persona quizás se hubiera tentado a pensar en que ese libro tenÃa algo maldito, en correspondencia con su contenido.
Lo cierto que ese libro no sólo produjo los raros incidentes de cortes en uno de mis dedos. Yo trataba de incitar a la lectura a mis hijos, sobre todo al más grande, de trece años. Se me ocurrió recomendarle los libros de King, porque pensé que esas historias podÃan atraparle mucho más que otros libros o clásicos. Una vez nos fuimos devacaciones y le di Desesperación para que lo fuera leyendo en el viaje, ya que tenÃamos unas cinco horas en auto para llegar a una ciudad balnearia que habÃamos elegido como descanso familiar anual. Mi hijo me hizo caso y mientras viajábamos se puso a leer el libro. A los pocos minutos pegó un pequeño grito. Se habÃa cortado el dedo con una hoja del libro, tal como me habÃa pasado a mÃ. "No puede ser", me dije. Ya de por sà fuebastante extraño que yo me cortara en varias oportunidades con las hojas de eselibro, para que ahora le pasara lo mismo a mi hijo. Pensé que si habÃa una estadÃstica de aquellos que con el borde de hojas de papel, de un libro o de lo que sea, se cortaban los dedos, indudablemente mi experiencia y la de mi hijo con "Desesperación", ya sobrepasaban los porcentajes promedio de ese tipo de casos. No quise ser supersticioso y sólo dije a mi hijo: "tené cuidado al dar vuelta las hojas, son muy finas y por eso te podés cortar". Pero a los pocos minutos se repitió todo de vuelta. Se hizo un nuevo 'tajito' en la yema del dedo anular. Medio en broma y medio en serio le dije a mi hijo:"Dejá el libro porque vas a terminar dando lástima con la mano toda tajeada". Mi hijo se rió, como diciendo "es una boludez" y agregó: "voy a dar vuelta las hojas despacito, despacito, para no volver acortarme". A los pocos minutos se volvió a cortar. Ya me parecÃa demasiada casualidad. Asà que esta vez le ordené. "Tirá el libro a la mierda; te voya comprar otro de Stephen King". Mi hijo, como otros de su edad, quizás sà era proclive a creer en fantasmas, maleficios y cosas parecidas, asà que aceptó mi consejo y sin preámbulos abrió la ventanilla del auto y arrojó el libro.Pero con tanta mala suerte que no se dio cuenta que atrás venÃa otro auto, a pocos metros del mÃo, con un conductor que cuando vio que 'algo' se le venÃa encima, quiso esquivarlo y asà rozó con su máquina la banquina, derrapó y sin control terminó medio volcado a unos diez metros de la ruta en un zanjón. Por suerte el conductor, que viajaba solo, no se hizo nada, aunque costó tranquilizarlo y estuvimos a punto de terminar 'a las manos'. Quizás la otra saga no escrita del libro Desesperación, que empezó con pequeños cortes en la yema de mis dedos y de mi hijo, podrÃa haber sumado la sangre de esa pelea finalmente no concretada.
De allà en más seguà comprando otros libros de Sthepen King, porque, después de todo, mi pasión por el autor era superior a cualquier otra cosa. Pero no podÃa evitar cierto temor cada vez que me sentaba a leer y con cuidado daba vuelta las hojas de sus libros.
HISTORIA DE AMOR Y GRITOS, CON MAL FINAL
Valeria era como un libro abierto, transparente, sin dobleces. Pero no me gustaba que gritara al hacer el amor. No se puede pedir todo, me decÃa. Después de todo Valeria limpiaba la casa, cocinaba, hacÃa las compras. Con ella me olvidé del reloj y de la agenda. TenÃa como una computadora en la cabeza preparada para alertar de mis horarios.
No me gustaba, sin embargo, que gritara al hacer el amor, aunque no me animaba a decÃrselo. ¿Cómo hacerle objeciones a una mujer prácticamente ideal? Porque también era muy bella, me olvidaba decir. Y era raro verla desarreglada, con mal aspecto. Sólo una vez, recuerdo, tomó mucho vino en la cena y al rato su cara, el pelo y la ropa como que denotaban la embriaguez. Cierto desarreglo que otro no notarÃa.
Como dije, era transparente, en el sentido que no ocultaba otra personalidad ni sentimientos de tristeza, de rencor o de frustración, que en otra persona tendrÃan como consecuencia un comportamiento confuso o una turbación propia de quienes cargan muchos pensamientos. Ella era transparente, sin dobleces. DecÃa lo que pensaba y se sentÃa feliz de no tener mayores preocupaciones.
Pero, en fin, aunque parezca pesado, me enojaba cuando gritaba al hacer el amor. Quizá otro hombre se hubiera sentido orgulloso de hacer gritar a su mujer. Una señal de éxito para quienes toman al sexo como una compulsa en donde no se puede perder. Por eso, quizá, para no caer injustamente en el reproche a una mujer que, como dije, era impecable como esposa, como compañera, cuando hacÃamos el amor pensaba en otra mujer. En otra que me abstrajera de los gritos de Valeria que me irritaban. Perderme en las partes del cuerpo de otra mujer para que esos pensamientos callaran los gritos de mi mujer.
Mis fantasÃas entonces tomaban otros rumbos tan alejados de la casa. Y no sólo me llevaban a las imágenes usuales que el hombre acumula en su cabeza para excitarse. Las primeras veces, es verdad, fueron imágenes de culos, de tetas, de labios gruesos, de sonrisas insinuantes, de una o varias mujeres. Pero después la imaginación le fue agregando conductas, personalidades, formas de ser muy alejadas a las de Valeria. Mujeres descuidadas en la casa, mujeres desarregladas y hasta sucias, mujeres con problemas mentales, complicadas.
Es verdad que la cosa funcionaba, en el sentido que podÃa amar a Valeria casi como siempre sin que ya preocuparan sus gritos. Pero a la vez las imágenes de esas mujeres distintas me empezaron a perseguir durante el dÃa. Quizá uno es esencialmente inconformista. El hombre que tiene una mujer cariñosa termina añorando una mujer huraña. El que tiene una mujer con poca sensualidad se imagina cómo serÃa su vida con otra atrevida y que sugiere sexo en su mirada. Por supuesto que aquel que no tiene a nadie, extraña cualquier mujer. Y la mayorÃa de los hombres seguramente hubieran vendido a su madre para poder hallar a alguien como Valeria. Y yo que la tenÃa, por la nimiedad de unos gritos en la cópula me sumergà en las imágenes de mujeres disÃmiles pero todas alejadas de los parámetros de Valeria.
TenÃa que terminar con esto, porque ya sentÃa que me afectaba el hecho que la cabeza se llenara cotidianamente de pensamientos cargados de otras mujeres. Me dije que, asà como un alcohólico puede dejar de beber y un fumador empedernido puede dejar ese vicio, yo tendrÃa también que ponerle coto a mi imaginación y desechar de una buena vez aquellos pensamientos de figuras femeninas incompatibles con lo que era Valeria. DeberÃa volver a amar a mi mujer con el deseo de mi mujer.
Como transición me dije que gritarÃa también. AcompañarÃa sus gritos con mis gritos. CumplirÃa asà dos propósitos. Mis gritos anularÃan la irritación de sus gritos y a la vez ayudarÃan a borrar las imágenes de otras mujeres. Y eso hice. Pero no resultó como yo esperaba. Ante el primer grito mi mujer se espantó y paró bruscamente los movimientos amatorios.
“¡Qué te pasa!â€, me interrogó.
Yo le expliqué que nada, que asà como a ella el placer y el deseo la llevaban a gritar, a mà me habÃa empezado a pasar lo mismo.
“Pero, si nunca gritasteâ€, me dijo.
Por primera vez le contesté con cierto tono de reproche: “¡Bueno, ahora grito!â€â€¦
Vi en su cara el desagrado y por primera vez también no retomamos el sexo para llegar al final.
La noche siguiente uno y otro evidentemente querÃamos cerrar el conflicto de la noche anterior. Asà que con cara de mutua disculpas nos fuimos sin cenar a la cama para amarnos. Y ella otra vez empezó a gritar y yo, que no querÃa desechar asà como asà mi decisión de gritar también comencé a largar alaridos tratando de coincidir con las exclamaciones agudas de Valeria. Y volvió a pasar. Se detuvo bruscamente y me espetó:
“¡Qué te pasa! Te vas a poner a gritar otra vezâ€.
Yo atiné a decir un “Y, sÃ…†atiné a decir dubitativo.
“Entonces no nos amamos másâ€, me respondió.
“¿Cómo que nos amamos más?â€, le reproché. “Vos podés gritar y yo noâ€.
“Mirá –me dijo-, hace años que nos conocemos, que nos amamos, que decidimos vivir juntos, que tenemos una vida agradable, que logramos ese equilibrio en una pareja que trae la felicidad. Vos no podés de un dÃa para otro salir con un martes trece, con algo que no conocÃa y que no me agradaâ€.
-¿Cuál es el problema? –le dije poniéndome serio. Siempre que nos amamos vos pegás gritos y yo nunca te objeté nada. No te dije nunca que la cortes con los gritos, y vos ahora no te bancás que haga lo mismo…
-Y no – me respondió. Mirá si yo de un dÃa para otro cambio. Qué se yo. Engordo como una chancha, ando desarreglada, no te cocino. Hay reglas implÃcitas en la pareja. Cada uno es como es, nos conocimos de determinada manera, nos enamoramos de determinada manera, convivimos de determinada manera, y vos de pronto no podés alterar todo eso con cosas raras. No me gusta que grités, me desconcentra, me asusta… No, no y no. No te lo acepto.
Pensé en ese momento que quizá tenÃa razón. Que tenÃa que terminar con mis propios quilombos y no trasladarlos a esa relación casi perfecta que tenÃa con Valeria. Bueno, me dije, bancate los gritos de ella, olvidá los tuyos, dejate de imaginar otras mujeres y encarrilá tu cabeza hacia el conformismo de aceptar las cosas como son.
Por ese le dije que me perdone y ella a la vez puso cara de que “no fue nada†y eso permitió que retomáramos ese sexo de siempre, que era bueno, que me conformaba, pero que a la vez tenÃa ese plus un poco irritante y molesto de sus gritos.
Quizá me tenÃa que haber psicoanalizado o algo asÃ. Alguien me tendrÃa que haber curado de ese absurdo desagrado por sus gritos. No lo hice. No acudà a nadie. Fui un estúpido. Porque ese conformismo de acatar los designios de Valeria y no cuestionar sus gritos fue modelando en forma inconsciente una respuesta. Un exabrupto impensado y tan alejado de cualquier parámetro de cordura. En mitad del amor, en mitad de sus gritos, mi mano tapó su boca y ahogó sus gritos. Ni siquiera me di cuenta de nada y por eso no me detuve. No sólo callé sus gritos, sino también su respiración. Sólo sé que me dejé llevar por un sexo añorado de desacostumbrado silencio. Y sólo cuando llegué al orgasmo me di cuenta que Valeria no sólo no gritaba. No respiraba ni se movÃa. Estaba muerta.
Fue un horror.
Me recorrió una sensación de terror por todo el cuerpo al tomar conciencia de lo que habÃa hecho. Me puse a gritar como loco. Grité y grité mucho más fuerte de lo que podÃa hacerlo. Mucho más que aquella vez en que intenté acompasar mis gritos con sus gritos. Mucho más fuerte que los gritos amatorios de Valeria. Grité y grité hasta que sentà los golpes en la pared de la casa vecina llamándome a silencio.
LA FRASE DE NAPOLEÓN
El sable siempre es vencido por el espÃritu, sentenció Napoleón. No tuvo esta convicción en su etapa de derrota y exilio como podrÃa presumirse. Fue el resultado de sus amores fogosos con Josefina.
Por ser petiso, tenÃa predisposición a la violencia. Décadas después alguien descubrirÃa que este tipo de actitudes resulta una compensación inconsciente de una carencia fÃsica. Que Josefina fuera más alta que él, lo hacÃa sentir en cierta medida disminuido. Por eso se habÃa acostumbrado a pegarle por cualquier cosa.
Pese a que en cierta medida fue el garante de la extensión de las ideas libertarias de la revolución, como todo gran hombre, tenÃa sus miserias. Napoleón le pegaba a Josefina. A veces incluso con la parte plana del sable la zurraba sobre sus faldas. Pero Josefina era una amante excepcional, que sabÃa complacer a Napoleón en todos sus deseos amatorios. Después de amarse Napoleón no tenÃa capacidad para ser violento.
Una vez aferró el sable y amagó pegarle, pero se detuvo ante el maravilloso culo desnudo de Josefina. Allà se le ocurrió su famosa frase. Aunque en realidad lo que se conoce es su paráfrasis.
TREN FANTASMA
Por alguna razón que ignoro, en las noches se escucha el pitido del tren pasando por el pueblo. Lo raro es que hace 10 años que las vÃas están abandonadas.
Mi pueblo, como tantos otros, quedó sin ferrocarril por decisión de unos burócratas estúpidos del gobierno que esgrimieron como excusa el déficit financiero del servicio.
A los pocos dÃas de haberse cerrado el ramal que nos comunicaba con algunas grandes ciudades, se escuchó claramente el sonido del tren. Todo el pueblo salió a ver, esperanzado que quizás se habÃa retrocedido en la medida de la clausura del servicio, y el ferrocarril seguirÃa funcionando. Pero no. Todos claramente escucharon los pitidos y el ruido de las ruedas sobre los rieles, acercándose, pasando por la estación y alejándose del pueblo. Pero las vÃas seguÃan vacÃas.
Se dieron mil explicaciones, se hicieron miles de especulaciones. El hecho se fue repitiendo sin que nadie encontrara una respuesta razonable. Lo maravilloso se fue convirtiendo en algo rutinario y, al final, después de tantos años, todos nos acostumbramos a escuchar en las noches el paso de un tren en un pueblo sin tren.
Una vez no pude resistir la tentación y al escuchar el sonido del tren acercándose al pueblo, corrà a la estación y me tiré sobre las vÃas. Cerré los ojos y escuché nÃtidamente que un tren se acercaba. Mi cuerpo incluso temió el impacto cuando los sonidos indicaron claramente un tren acercándose. Por unos segundos sentà como que el sonido del tren y una ráfaga fuerte de viento atravesaban mi cuerpo, y fugazmente en mi cabeza se mezclaron imágenes del interior de un tren de pasajeros, pero con el maquinista, los pasajeros y los guardas llorando a moco tendido.
Cuando conté de esta experiencia a otras personas del pueblo, se vieron tentados a hacer lo mismo. Y cada uno de ellos tuvo la misma sensación y las mismas tristes imágenes en su cabeza.
Una noche resultó que más de cien personas nos encontrábamos en la estación esperando el sonido del tren y deseosos de atravesarnos en la vÃa para sentir su paso y las difusas imágenes de las caras llorosas que viajaban en él. A alguien se le ocurrió una infantilada. Parado en la vÃa, se agarró de la espalda de su vecino como haciendo un trencito. Naturalmente todos lo copiamos. Y cuando claramente el sonido entraba en la estación comenzamos a correr en fila por las vÃas, acompañando al tren fantasmal e imaginario con nuestro trencito humano e infantil.
En un momento todos repetimos la misma sensación del sonido y el viento atravesándonos, pero las imágenes de los pasajeros eran distintas.
Ya no lloraban.
SonreÃan.
CUENTO CON HORMIGAS
SuponÃa que la afición de mi mujer a comer hormigas, esas negras que andan por el jardÃn, venÃa de alguna tradición de su familia. Después de todo sabÃa que en muchos paÃses se comen insectos. Y como sus abuelos eran búlgaros, pensé que esa afición gastronómica tenÃa ese origen.
Le preguntaba cosas boludas: ¿a qué saben?, ¿no te caen mal? Pero como me respondÃa secamente, nunca insistà demasiado. Lo tomé como un hecho normal y no le di más importancia. Por supuesto que a mà nunca se me hubiera ocurrido probar hormigas. Y cuando ella juntaba algunas hormigas para comerlas, yo no le prestaba demasiada atención. Me concentraba en la milanesa, la sopa, la ensalada, el bife a la plancha, o algunas de esas comidas que integraban mi dieta diaria y que no se diferenciaban de lo que usualmente se comÃa en mi paÃs.
Es verdad que a veces me desagradaba oÃr el “cric, cric, cric†de sus dientes masticando esos insectos. Y que necesitara luego de un escarbadiente para limpiar su dentadura de los restos de patitas y otras partes de las hormigas que se llevaba a la boca. Pero habÃa aprendido a no hacer historias por boludeces.
Una mañana en que me desperté antes que ella, en lugar de llamarla como siempre para que se levantara e ir al trabajo, le empecé a hacer cosquillitas con mis dedos en su espalda, como si algún insecto le caminara por la piel. Se sobresaltó y sin darme tiempo a nada, me dio una fuerte cachetada en una de mis mejillas.
-¡¿Qué te pasa?! – exclamé. Yo te trato de despertar de una manera agradable, y casi me dejás knock out.
Ella respiraba con furia y tardó varios minutos en calmarse.
-Perdoná- me dijo. No lo pude evitar. Tuve la sensación que me caminaban hormigas por la espalda. Y yo odio las hormigas.
-No es para tanto. Después de todo a vos las hormigas te gustan-, dije aludiendo a su costumbre culinaria de llevárselas al estómago.
-Vos nos sabés nada. Yo odio a las hormigas. Y si las como no es porque me gustan, sino por lo contrario, porque las odio.
-¿Cómo que las odiás? Yo pensé que las comÃas porque te gustaban. Que era algo asà como una tradición familiar.
-Sos pelotudo. Aborrezco a esos insectos. Pero no he encontrado otra forma de calmar mi odio que comiéndolas.
-No sabÃa nada- dije como disculpándome por no haber indagado en su momento sobre ese tipo de comida.
-Nunca me gustó hablar del tema. Pero creo que te merecés una explicación. Vos sabés que en la casa de mis viejos tenÃan un jardÃn grande. Cuando era chica mi primera mascota fue un hámster, al que querÃa mucho y con el que jugaba en el pasto. Lo sacaba de la jaulita que le habÃamos comprado y lo hacÃa correr a mis costados o sobre el cuerpo, le daba pedacitos de pan en la boca. Una vez me olvidé la jaula con el hámster en el jardÃn y cuando volvà a buscarlo, me encontré su cuerpo lleno de hormigas, muerto. Lo habÃan literalmente masticado.
-Ah, por eso tu odio...- intercalé como comentario.
-No- me interrumpió. Eso no es todo. Como estaba acongojada, mis padres me compraron otro hámster, al que también quise mucho. Por descuidada, porque pensé que lo que habÃa pasado con el primer animalito habÃa sido algo muy excepcional, no tuve cuidado y lo volvà a olvidar en el jardÃn...
-No me digas que se lo comieron otra vez las hormigas...
-SÃ. Otra vez.
-Claro... con razón odiás a las hormigas...
-No. La cosa no terminó allÃ. Está bien que con la muerte del segundo hámster ya habÃa agarrado suficiente bronca como para pisotear a cuanta hormiga negra veÃa en el jardÃn. Pero después me calmé y me olvidé del tema. Pero mis padres no quisieron dejarme sin mascota, y en lugar de traer otro hámster, compraron un perro. Un cachorrito hermoso, un caniche.
-No me digas que se lo comieron las hormigas porque no te lo voy a creer...
-Me vas a tener que creer. Yo lo querÃa mucho, lo tenÃamos generalmente suelto, andaba por la casa y por el jardÃn. Lo atábamos muy pocas veces, cuando tenÃamos visitas, porque le gustaba gruñir y garronear a las personas que no conocÃa. Una vez lo dejé atado en el jardÃn. Desde la casa habÃa oÃdo sus ladridos, pero pensé que se originaban en la molestia que tenÃa por quedar atado. No se me ocurrió salir para ver qué pasaba. Ese descuido mÃo fue fatal. Cuando salà al jardÃn mi perro estaba echado a un costado, muerto, con cientos de hormigas recorriendo su cuerpo lanudo. Lo habÃan matado. Ya le habÃan comido los ojos, y se le veÃan puntitos de sangre aquà y allá. Se lo estaban devorando.
-No... No puede ser...
-SÃ. No sé si a alguien le habrá pasado esto alguna vez. Pero por la edad que tenÃa me dejó marcada. Nunca pensé que unas hormigas podÃan matar un perro. Quizás al probar el primer hámster se acostumbraron a la carne. ¡¿Qué se yo?!
-Entiendo... ahora entiendo porqué comés hormigas...
-No, la cosa no terminó allÃ....
- ¿Cómo que no terminó allÃ? ¿Qué más pudo haber pasado? Después de perder dos hámster y un perro, me imagino que tus padres llamaron por lo menos a GendarmerÃa. ¿Qué más pudo haber pasado?...
-Y sÃ. Sin embargo pasó. Es verdad que mis viejos se preocuparon. Trajeron a un tÃo que es jardinero, pensando que se podÃa ocupar del asunto. Mi tÃo trajo un veneno que se llamaba Formitox, con el que cubrió todos los agujeros y los caminitos visibles en el jardÃn de las hormigas. Y nos dijo que no nos preocupáramos, que ya no iba a pasar nada. Por un tiempo es verdad que las hormigas no se vieron. Luego nos olvidamos del asunto y seguimos la vida como siempre. Pero pasó lo peor.
Los viejos a veces traÃan a mi abuela del lado materno a pasar el dÃa en casa. Mi abuela estaba ya muy enferma, en silla de ruedas por problemas circulatorios que le impedÃan prácticamente caminar. Una tarde la dejamos un rato en el jardÃn para que aprovechara el solcito. Yo me metà adentro de la casa a hacer la tarea para la escuela y mis viejos no me acuerdo en qué ocuparon su tiempo... La cosa es que la abuela quedó sola en el jardÃn y...
-¡No! No me digas que las hormigas mataron a tu abuela...
-¡SÃ! Te digo. Los detalles fueron horripilantes...
-Pará, pará, dejame tomar aire- le dije totalmente asombrado y asustado por la historia-. No lo puedo creer. Esperá que voy a la cocina que tengo la boca seca y luego me seguÃs contando...
Llené dos vasos con agua. Abrà la heladera y agarré algo para que picáramos.
Volvà con ella, le alcancé el vaso de agua, puse el platito con hormigas negras a un costado y le dije.
-Mientras comemos algo me seguÃs contando.....
SOCIEDAD DE MUJERES
Ella era joven, hermosa. EjercÃa la prostitución. Se llamaba Elena. Pero no andaba la calle sola. Siempre estaba acompañada por Susana. Joven también. Pero gorda, fea, desaliñada.
TenÃan una curiosa sociedad. Para coger con Elena, habÃa que cogerse primero a Susana.
“Si vos querés tener sexo conmigo, lo tenés que hacer con ellaâ€, decÃa Elena.
Por más guita que uno ofrecÃa, no habÃa caso.
Primero uno no le daba pelota.
“Andá a cagar, si no querés me busco otraâ€, le decÃa.
Pero no habÃa prostituta más linda en mi ciudad que Elena. Asà que a uno le daba vuelta el asunto por la cabeza, y se tentaba con la posibilidad de aceptar el trato.
“Ma sÃ, cierro los ojos, me cojo a Susanaâ€, me dije.
Un dÃa las subà al auto y me las llevé al departamento de un amigo. Me fui a la pieza con Susana y Elena se quedó en la cocina. Al verla desnuda, medio que me arrepentÃ. Pero el deseo por Elena era tan grande que hice de tripa corazón y encaré. Debo reconocer que Susana, aunque fea y gorda, me hizo gozar como pocas veces en mi vida. Aceptó todo lo que propuse y el amor se hizo largo y apasionado.
Al dÃa siguiente, Elena cumplió con el trato. Fuimos al departamento y lo hicimos. Fue bueno, es verdad, pero no sé por qué extrañé el amor que habÃa tenido con Susana. HabÃa disfrutado más.
En los dÃas siguientes no podÃa sacarme de la cabeza a la gorda.
“Sà es fea, es desaliñada, le sobran kilos por todos lados, pero... pero... ¡cómo me hizo gozar!â€, pensaba.
No pude resistirme y a la semana las paré en la calle. Elena se adelantó y me dijo: “Ya sabés el trato, para hacerlo conmigo lo tenés que hacer con ellaâ€. Yo la dejé con la mayor cara de asombro, al decirle: “No hay problema. En realidad lo quiero hacer con ella, no con vosâ€. Susana no pudo evitar una sonrisa. Elena se quedó como congelada.
Eran muy amigas, tanto que Elena resignaba parte de su negocio para que Susana consiguiera los clientes que de otra manera le hubiera sido difÃcil obtener. Yo fui el causante que esa sociedad se rompiera. Elena quizás se sintió por primera vez despechada. No podÃa entender que alguien aceptara de buen agrado a su amiga en lugar de a ella. Pero fue asÃ.
Aunque parezca raro, la mejor amistad entre dos prostitutas se rompió por un poco de celos.
EL SECRETO DE LAS CEBRAS
De los animales de la sabana africana la cebra es el más rayado, no por lo evidente de las rayas de su piel, sino porque es dueño de una locura no conocida en otra especie del reino animal.
Debo ser el único humano que ha podido descubrir ese aspecto de su personalidad.
HabÃa viajado al Ãfrica para estudiar y fotografiar distintos animales, y un dÃa me topé con toda una tropilla de cebras.
Aunque sabÃa que estos animales son medio ariscos, me acerqué lentamente, con paciencia.
Los primeros dÃas ocurrió que a medida que me acercaba, ellos se alejaban, pero a la semana dejaron que me integrara, convencidos quizá que no cejarÃa en mi empeño.
Pasé largas horas contemplando el porte del animal y su maravillosa piel rayada.
No sé por qué me atrajo tanto la cebra, pero por largos dÃas continué haciendo lo mismo sin que me terminara aburriendo.
Quizá porque se acostumbraron a mi presencia, finalmente terminaron mostrando un aspecto de su conducta que no es conocido por el común de los hombres.
De pronto algunas cebras se separaron de otras, se echaron de costado sobre la tierra y se acomodaron en grupos, cuerpo contra cuerpo, de manera que las rayas de unas y de otras se combinaron tomando una forma distinguible. Esto sólo se veÃa, obviamente, de arriba. Algunas cebras siempre quedaban como de jurados, sueltas, y se acercaban a cada uno de los grupos para observar qué habÃan creado.
¡Vaya a saber uno si no habÃa algún tipo de premio para los grupos más exitosos! Eso nunca pude descifrarlo.
Subido a un árbol, distinguà durante varios meses de observación innumerables formas: paisajes de la sabana donde las cebras vivÃan, horizontes con lunas o soles; animales tales como el león y el camello; algunas creaciones del hombre, como chozas y pirámides, y otras cosas que, en forma misteriosa, vaya uno a saber cómo se enteraron las cebras de su existencia: un bote a vela, un paraguas, una cruz y un serrucho.
Vi muchas más figuras, algunas de ellas imposibles de descifrar.
Esta locura de las cebras denotaba una inteligencia superior a la de otros animales, ya que no sólo se trataba de un juego. Era un juego creativo. Un arte. Y un arte efÃmero, ya que no quedaban registros de las figuras y formas que las cebras creaban con la combinación de las rayas blancas y negras de sus cuerpos.
Por supuesto que intenté filmar o fotografiar mi asombroso descubrimiento. Pero las cebras no lo permitieron. Cada vez que aferraba una filmadora o una máquina fotográfica, las cebras se comportaban como usualmente se cree se comportan las cebras, pero nada más.
Nunca pude engañarlas en este sentido.
Fue una muestra más de su inteligencia.
Como que ya era bastante que me permitieran descubrir su secreto. Aparentemente su único secreto, porque no pude descubrir otra locura o rareza más que ese juego de formas y figuras que inventaban en grupos.
Bueno... HabÃa uno más, que se correspondÃa con la peculiaridad que he contado. Le escapan a la lluvia.
Cuando apenas el cielo amenaza con un temporal, las cebras buscan, desesperadas, refugio; casi siempre bajo frondosos árboles.
Es verdad que algunos animales se comportan también de esta manera, pero, fruto de mi observación, podrÃa asegurar que las cebras le escapan a la lluvia porque temen que les borre las rayas de la piel.
Que el agua las convierta en vulgares caballos.
Y lo peor.
Que ya no puedan repetir la locura de su juego. La creación de formas y figuras.
Esa secreta muestra de inteligencia que los coloca por arriba de otros animales, y, quizá, de tantos hombres.
EL REMEDIO DE SUSANA
Todos los dÃas se vestÃa con ropas impecables, totalmente limpias y planchadas. No soportaba la suciedad. Unas pequeñas manchas de barro en la botamanga del pantalón o polvo en el saco eran motivo suficiente como para mudar de ropa. Su casa era un reflejo de esa personalidad enfermiza por la limpieza. Todo desinfectado, ordenado. No habÃa libro que estuviera en un lugar que no fuera la biblioteca. No habÃa ropa limpia y planchada que no estuviera en su respectivo cajón o percha del placard, ni tampoco alguna vestimenta sucia o por planchar que no se encontrara en los canastos que habÃa comprado para ordenar esos menesteres.
Esta persona no habÃa formado una familia ni tenÃa alguna relación medianamente formal con una mujer que otorgara perspectivas de casamiento. Se estremecÃa con terror sólo de pensar que podÃa llegar a compartir su casa con una mujer desordenada y que no fuera exigente con la limpieza. Mucho más que no se aseara asiduamente. En verdad, sentÃa repulsión a los olores de los cuerpos. Obviamente, esta persona no tenÃa alguna mascota. Ya se sabe que cualquier animal, por más domesticado que se encuentre, puede llegar a cometer alguna suciedad o desarreglo en el hogar, y eso era algo que él no hubiera podido resistir.
Juan –asà se llamaba- era joven y tenÃa una buena posición económica, y un buen dÃa se encontró a Susana al atender la puerta de su casa. HabÃa escuchado el timbre desde la cocina, donde preparaba su almuerzo, y al abrir la puerta que da a la calle se encontró con una mujer de su misma edad, unos 28 o 30 años, un poco menuda, pero con formas bien definidas -senos bien marcados- y linda de cara. Como la mujer llevaba una valija en una de sus manos, creyó que era una vendedora: seguros, artefactos eléctricos, AFJP, planes de autos, algo asÃ. Sin embargo, esa mujer, sin ningún preámbulo, le dijo:
-Vengo a vivir con vos.
-¿Cómo que 'vengo a vivir con vos'? -respondió asombrado. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Quién te conoce?
Ella puso la mejor de las sonrisas, y mirando a Juan a los ojos, expresó lentamente:
-Me llamo Susana. Tengo tu misma edad, y sé que prácticamente no te ves con ninguna mujer, pero no por timidez o porque seas homosexual, sino por tu fobia a la suciedad y al desorden. No soportarÃas a alguien que fuera ni siquiera un poco descuidada en esos aspectos. Como casi nadie encaja en esas caracterÃsticas, sos casi un ermitaño; apenas si tenés contacto con las personas en el trabajo o en la calle...
Juan no salÃa de su asombro, la miraba con la boca abierta, preguntándose quién le podÃa hacer esa broma, ya que no contaba con amigos ni se veÃa con su familia. De los conocidos, ninguno tenÃa la confianza para preparar este tipo de escena. Quiso decir algo, pero Susana no le dio tiempo, y continuó hablando:
-Yo sé que necesitás a alguien como yo. No podés seguir viviendo solo, y vas a ser una persona muy desgraciada si no formás una pareja, si no empezás a sentir afecto por una mujer como remedio a tu estúpida fobia. Tenés que empezar a ser como cualquier hijo de vecino, hacer el amor, tener hijos, algún vicio, fumar por ejemplo, tirar las cenizas en el piso, o cualquier otra cosa que se te ocurra... Para eso estoy acá, asà que podés dejarme entrar...
Juan tartamudeó unos segundos, porque se encontraba todavÃa aturdido de lo que habÃa escuchado, y luego exclamó:
-¡Vos estás loca! ¡¿Quién te conoce?!
Inmediatamente dijo un seco "adiós" y le cerró la puerta en la cara. Antes de dar dos pasos para dirigirse a la cocina, sonó otra vez el timbre. Juan se volvió, abrió la puerta un poco exaltado y antes de dejar hablar nuevamente a la mujer, exclamó:
-¡¿Porqué se te ocurre venir a molestarme?! ¡¿Quién te mandó?! ¡¿Por qué me juega esta broma?!
Sin alterarse, Susana respondió suavemente:
-No me manda nadie y vos me conocés, lo que pasa es que no te acordás.
-¿Cómo que te conozco? ¡¿De dónde?!
-Dejame entrar y hablamos, creo que va a ser lo mejor.
-¡¿Porqué te voy a dejar entrar?! - respondió Juan, todavÃa con cara de asombro. Sigo sin saber quién sos; no sé que te traes con eso de que venÃs a vivir conmigo, y que tengo no sé qué fobia. Lo que estoy seguro es que estás medio piantada y no me voy a arriesgar a que entrés en mi casa.
-¿Te parece que te puedo hacer daño? Soy una mujer. ¿Qué riesgo podés correr? Y te aseguro que me conocés y no miento cuando digo que te voy a cambiar la vida. Sólo tenés que poner un poco de voluntad. Dejarme entrar, por ejemplo...
Como Susana se quedó mirándolo con su mejor cara de inocencia, Juan cedió y abrió la puerta, dejándola entrar al living. Luego hizo una seña para que se sentara en un sillón. Él hizo lo mismo en otro que la enfrentaba. Ya instalados, Juan la miró y con un nerviosismo evidente la interrogó:
-No tengo mucho tiempo, asà que explicate de la mejor manera para que entienda el porqué de este delirio.
-Te conozco -reiteró ella -. Y demasiado bien como para saber que hasta las cuatro, que te vas de vuelta al trabajo, no tenés nada que hacer ni te ves con nadie. ¿No tengo razón?
-Puede ser, pero ¿cómo sabes esas cosas de m� ¿De dónde te conozco?
-Por tres años me conociste, y aunque éramos muy chicos yo me enamoré de vos, y desde allà supe que alguna vez de iba a ir a buscar. Mientras tanto, de una u otra forma, estuve al tanto de tus cosas...
Juan interrumpió:
-¿Cómo que te conocà por tres años? ¿Cuándo?
-En sexto y séptimo grado de primaria, dos bancos atrás tuyo, y en primer año de secundaria, en el comercial. Después te cambiaron de escuela y ya no nos vimos. Esos años no fuimos amigos, nunca me diste mucha importancia, y ya por esa época vivÃas medio aislado de los demás, pero yo estaba enamorada de vos.
Susana se quedó mirándolo fijamente, como con deseo, que también se reflejaba en una pequeña sonrisa con la boca cerrada.
-A ver si entiendo bien-, dijo Juan, sacudiendo brevemente la cabeza de derecha a izquierda, como despejándose de algún mal pensamiento-. Sos una ex-compañera de escuela, de la que ni me acuerdo, que 20 años después llegás a mi casa para proponerme vivir juntos porque estás enamorada de mà y porque querés cambiarme...
-Exactamente. Entendiste bien -respondió Susana, estirando un poco más los labios, para hacer más evidente la sonrisa.
-¡Esto es absurdo! -exclamó Juan -. Te tengo que pedir que te vayas; nadie tiene derecho a imponer a otro lo que tiene que hacer. Vos estarás enamorada de mÃ, lo que sea, pero a mà me importa un cuerno. Puede ser que hayamos sido compañeros de escuela, después de todo tengo muy mala memoria, pero eso no quiere decir nada.
Susana no respondió, sólo cambió la sonrisa por una mueca de tristeza, lo que provocó que Juan bajara la voz, y se levantara diciendo: "Lo siento". Después hizo un gesto con la mano indicando a Susana que se levantara para irse. Ella, sin embargo, hizo algo imprevisto; se levantó rápidamente y lo besó, abrazando la cintura con fuerza. Juan, por unos segundos, no reaccionó, pero enseguida trató de separarse de la mujer sin éxito. Susana lo sujetaba con fuerza, a la vez que lo besaba efusivamente en los labios, en la cara, en el cuello. En el cerebro de Juan se entremezclaban pensamientos y sensaciones por igual, sin alcanzar algo de claridad. Por segundos sentÃa la repulsa de olores nuevos y el tacto de unas manos que de la cintura pasaban a recorrerle rápidamente la espalda y más abajo, llegando hasta los muslos, arrugando la ropa. Pero también lo embargaba la excitación y el placer. Chocaban los extremos, y de pronto sintió mareos, se le desdibujó la visión y cayó en la inconsciencia.
Despertó confundido, sin saber adónde estaba. De pronto recordó todo y se dio cuenta que se encontraba acostado en una cama de un cuarto de hospital. Llamó la enfermera, apretando un interruptor que colgaba sobre la cama y que presumÃa cumplÃa esa función. A los pocos minutos entró la enfermera con una sonrisa, quien sin darle tiempo a decir nada exclamó:
-¡Hola, hola!... ¡Por fin se despertó!
La enfermera se acercó a la cama, estiró las sábanas, tapándolo hasta el cuello y agregó:
-En media hora lo va a venir a ver el médico; no se preocupe que no tiene nada grave. Su mujer estaba preocupada, pero le explicamos que...
-¡Mi mujer!-, exclamó Juan, interrumpiendo a la enfermera -. ¡¿Qué mujer?!-¿Cómo qué mujer?-, respondió asombrada la enfermera. Su mujer. Lo trajo muy preocupada, nos explicó que se habÃa desmayado de pronto, sin ningún motivo aparente... Y bueno, aquà está...
-Debe estar loca-, murmuró Juan para sÃ.
-¿Cómo?- dijo la enfermera, acercándose un poco más a Juan porque no lo habÃa escuchado.
-Que yo no estoy casado. Y que no quiero seguir hablando de esto -dijo Juan como con fastidio. Quiero irme a casa. Llame al médico, o a quien pueda arreglar todo este embrollo.
-Pero... ¿cómo que no está casado? -dijo la enfermera con asombro-. Con lo preocupada que estaba su mujer. ¿Cómo se puede olvidar de ella? Se encargó de todo, habló con los médicos; estuvo prácticamente a su lado todas las horas que estuvo inconsciente. Le trajo el pijama porque tiene que permanecer en observación hasta mañana, y no hace diez minutos que fue a comprarle una revistas por si querÃa leer, ya que el médico dijo que en cualquier momento se iba a despertar...
La enfermera se calló porque el ruido de la puerta la hizo dar vuelta. Vio a Susana abriendo la puerta y exclamó:
-Hablando de Roma, aquà llegó...
Susana entró al cuarto y rápidamente, al ver a Juan despierto, se zambulló sobre él, lo abrazó y besó diciendo:
-¡Mi amor! ¡Mi amor! Estaba tan preocupada.
Juan reaccionó como cuando horas atrás, en su casa, Susana también, forzándolo, lo abrazaba y besaba.
-¡Salà de acá, loca, reloca...! - gritó Juan.
La enfermera reaccionó, zambulléndose también sobre la cama para sujetarlo a Juan, creyendo que sufrÃa todavÃa de un shock o algo por el estilo. Pensó que lo que le produjo el desmayo en la casa no era una boludez porque no reconocÃa a su propia mujer y además reaccionaba al verla como un loco.
Las dos mujeres sujetaban a Juan, mientras éste gritaba y se movÃa como si estuviera recibiendo electricidad en su cuerpo. Susana, a la vez que trataba de abrazarlo con fuerza, le decÃa al oÃdo:
-Mi amor, calmate... mi amor, calmate...
La enfermera, le apretaba los brazos y comenzó a gritar:
-¡Mario! ¡Mario! -, llamando al médico de guardia.
El tal Mario apareció, y la enfermera le dijo:
-Trae un calmante, ¡rápido!
A los pocos segundos, como si hubiera estado preparado, Mario entró con una aguja hipodérmica gritando:
-¡Agarrenlóóó!
Acostumbrada a esos menesteres, la enfermera lo dio vuelta violentamente a Juan, se ayudó con su cuerpo para mantenerlo boca abajo en la cama, y con una de las manos le bajó el pijama para que Mario le clavara la aguja.
Juan seguÃa gritando y sacudiéndose, pero en vano. El médico le inyectó en su nalga un calmante. De los fuertes. Y la enfermera se mantuvo arriba de Juan, con todo su peso, hasta darse cuenta que los gritos de Juan se habÃan transformado en un murmullo, y sus fuertes sacudidas, en un ligero temblor. Susana se habÃa alejado de la cama al momento que Mario hizo señas de que se apartara para aplicar el calmante. Con una mano sobre la boca, movÃa ligeramente la cabeza en un gesto de negativa, como diciendo "no sé que pasa".
-No se preocupe-, le dijo la enfermera-. Va a dormir un par de horas y en ese tiempo podemos consultar al médico qué hay que hacer. Lo probable es que no sea nada de qué preocuparse; una amnesia temporal por el shock que sufrió o por el golpe que tuvo al desmayarse. Capaz que al despertarse del sedante ya se le pasa todo y la reconoce.
-Ojalá -respondió Susana-. Me tiene tan preocupada. Estaba tan bien y de golpe se desmayó. Y ahora dice no reconocerme. Me da miedo. Usted no sabe cuánto lo amo, y que bien nos llevamos.
-No se preocupe- repitió la enfermera. Vamos a consultar con el médico.
Susana escuchó del médico casi las mismas palabras que le habÃa dicho la enfermera. Que habÃa que darle a Juan unos sedantes por unos dÃas, mandarlo a la casa para que descansara, y en poco tiempo recobrarÃa la cordura.
Juan abrió los ojos y comprendió que se encontraba en su casa. Por unos segundos confió que todo lo que recordaba de los últimos dÃas no fuera más que una pesadilla. Pero luego tuvo la certeza que no, que todo habÃa sucedido y que además, continuaba. Asà lo certificaba la claridad que entraba por la ventana del cuarto, propia de unas horas del dÃa en que él jamás se hubiera acostado a dormir. Además, llegaba de la cocina un fuerte aroma a salsa u otra comida calentándose, y él nunca permitÃa que este tipo de olores se diseminara por la casa. Su fobia le impedÃa cocinar sin que el extractor de aire estuviera prendido.
Se sentÃa todavÃa medio débil y mareado.
-Quién sabe cuánto tiempo estuve dopado - pensaba.
Se sentó lentamente en el borde de la cama, tomó coraje respirando hondo, y se levantó. Caminó hasta la cocina y vio a Susana cocinando. Se habÃa atado un delantal sobre una ropa informal, de entrecasa, y revolvÃa el contenido de una olla sobre la hornilla de la cocina.
Habló, y se extrañó al escuchar su voz. No gritó como pensó unos segundos antes deberÃa hacerlo. Con una voz normal, y hasta suave, le dijo a Susana:
-Qué estás haciendo.
Susana no se dio cuenta que Juan se habÃa levantado, y que se habÃa llegado hasta la puerta de la cocina. Lo miró con un pequeño sobresalto, pero con una sonrisa.
-Mi amor -dijo.
Apartó rápidamente la olla de la hornilla; se pasó las manos por el delantal y se acercó a Juan con la intención de abrazarlo. Él la dejó hacer, aunque no pudo evitar estirar la cabeza un poco para atrás, como queriendo evitar que Susana intentara besarlo. No sabÃa muy bien porqué, pero no querÃa reaccionar con el disgusto de la última vez en que Susana también tomó contacto con su cuerpo. SentÃa la confusión por olores y sensaciones que instintivamente se veÃa empujado a rechazar. Pero sentimientos fuertes y agradables también lo inundaban de a poco; estaban en el aire. Se daba cuenta que partÃan de Susana y se fijaban a él. Comprendió que por eso no la reprendió inmediatamente al levantarse y verla cocinando. Su fobia peleaba en su interior con la excitación y el placer, y Juan tomaba conciencia de ello. Que podÃa evitar desmayarse y a la vez dejarse llevar por esa situación en que quizás su pasado de fobias -y ahora comprendÃa también de soledad-, daba paso a un mañana distinto.
Juan lanzó un profundo suspiro, y respondió al abrazo. Acercó su cara a la de Susana y, con torpeza, la besó. La besó profundamente. Entendió que sólo podÃa haber amor en una mujer capaz de sacarlo de esas cualidades extrañas que signaban su vida y que él acataba porque las creÃa en cierto modo propias de su naturaleza. Un amor al que podÃa aspirar porque existÃa.

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